Las espigas de trigo
bailaban con el viento frente a un cielo azul cobalto durante la madrugada.
La vieja casa se
encontraba en silencio y todos sus habitantes dormían.
Theo caminaba con un
vaso de whisky en una mano y un cigarrillo en la otra entre las espigas. Y
miraba al horizonte.
Su piel, castigada
por el tiempo y el trabajo se estremecía del frío.
-Qué me está
sucediendo? -Murmuró en un susurro.
Un animal despertaba
dentro de él. La furia que hacía unos minutos consumía sus entrañas empezaba a
convertirse en fuerza.
Cerró los ojos y
disfrutó de la maravillosa sensación que invadía su cuerpo. Apagó el cigarrillo
en el whiskey y dejó caer el baso al suelo.
Caminó hasta su
caballo y se subió el animal de un ágil salto. Le golpeó ligeramente los
costados con el talón de sus botas y el animal empezó a correr. El blanco
caballo se unió al viento para luchar contra él, creando una unión perfecta
entre dos fuerzas opuestas. Theo a su vez unió su cuerpo al del animal, convirtiéndose
en presencia pura.
El animal empezó a
correr sobre la arena, salpicando agua bajo su robusto cuerpo.
La furia de los buitres
resonaba en el cielo como el trueno que lo rompe en dos.
Una vez llegó a la
velocidad máxima que podía alcanzar, el caballo fue relajando el paso sin dejar
de galopar a gran velocidad. Su paso era limpio y firme, seguro del terreno en
el que pisaba.
Poco a poco se fueron
acercando al final del camino. Theo se bajó del lomo del animal y caminó hacia
el borde, observando el paisaje que se presentaba ante él.
Un empinado
precipicio de unos cincuenta metros separaba la tierra y el mar. Este golpeaba
con furia las rocas que rompían frente al precipicio. La espuma que formaba el
agua parecía bailar entre las rocas.
Theo se deshizo de su
camiseta de manga corta tirándola a un lado, quedando cubierto solo por una
camiseta blanca de tirantes y el pantalón color desierto. Se quitó los zapatos
y los calcetines y los dejó a un lado. Se acercó más al borde y abrió los
brazos y los elevó rectos hasta encima de su cabeza. Respirando el aire salado
y disfrutando la sensación en sus pulmones.
Movió los dedos de
los pies para recobrar el contacto con la tierra húmeda. Flexionó las piernas y
pronunciando en un susurro las palabras "Agnus Dei", se impulso y se
lanzó al vacío sintiendo como su cuerpo cortaba el aire y pocos instantes
después se adentraba en el agua que ejercía en él el efecto de mil agujas
clavándose en su piel.
Las burbujas
generadas al entrar en el agua impactaban violentas en su rostro. Y poco a
poco, el efecto de gravedad suspendida del agua hizo que subiera a la superficie.
Cogió una gran bocanada de aire y empezó a nadar con fuerza, con rivalidad
consigo mismo, encontrándose así con su propia mente, un lugar oscuro al que evitaba
acudir.
Movía un brazo
después del otro por encima de su cabeza, uniéndose al mar en cuerpo y alma.
Uniéndose al enemigo en espíritu.
Nadó hasta la orilla
y salió del agua sintiendo el templado viento en su cuerpo húmedo. El blanco
caballo lo esperaba en la orilla, observándolo expectante. Theo se encaramó al
caballo y empezó a trotar se vuelta a casa, sin mirar atrás.
...
Al día siguiente, el
cielo brillaba en un claro y cálido azul.
Theo se despertó con el canto del
gallo, se puso su ropa de trabajo (Un pantalón de pana, unas botas de montaña y
un sombrero de paja) y después de comerse una manzana verde para desayunar se
subió al carro tirado por dos majestuosos caballos y emprendió el viaje que
formaba parte de su rutina diaria.
Cuando llegó al pueblo,
el ruido del gentío le dio la bienvenida como cada mañana. Theo iba al lugar
para comprar leche e intercambiar los alimentos que sus animales producían.
Estacionó el viejo
carro cerca de la calle principal y entró en una panadería en la que pensaba tomar
un café y un bollo.
Cuando bajó del
carro, un hombre de largos cabellos blancos. nariz ancha y tez morena (Algo
inusual en la zona) se encontraba de pie frente a su carro, mirándolo con
calma. Nada se podía leer en la mirada de ese hombre.
-Disculpe, tengo
prisa.-Le dijo Theo intentando seguir su camino pero cuando se giró, el hombre
volvía a estar frente a él.
El largo cabello del
hombre se movía al viento pero Theo observó que no había ninguna corriente de
aire cerca.
-Ya te has
encontrado, hijo?
-A qué se refiere?
-El gran espíritu te
observa. Debes hablar con él.
Theo se sentía
hipnotizado. Quería responderle o más bien preguntarle pero su cuerpo parecía
estar paralizado.
-La fuerza del águila
vive en tu interior, pero debes alzar el vuelo y no permitir que los buitres se
acerquen. Serán violentos y es demasiado pronto para que puedas escapar.
Hijo... Debes apagar
la voz del que vive en tu cabeza. Tu vida depende de ello.
Las palabras salieron
por la boca de Theo sin que él pudiera detenerlas.
-No sé cómo hacerlo.
Cuando sucede, siento como la oscuridad invade mi cuerpo y no puedo hacer nada
por detenerla... Se desliza liberándose del inconsciente hasta que se instala
en mi consciente y ahí todo acaba.
El hombre lo miró con
ojos compasivos.
-Si sigues uniendo tu
furia a la del mar, el día menos esperado te llevará y morirás.
-Y qué se supone que
debo hacer? Dejar que la desgracia se apodere de mi?-Theo se vio arrastrado por
sus palabras.
-Hijo, las cosas
parecen complicadas cuando no las comprendemos. Pero cuando nos acercamos a
ellas y las entendemos, todo se torna más claro y las soluciones y las
posibilidades aparecen ante nuestros ojos. No verás, si no estás preparado para
ver. Y estar preparado no depende del gran espíritu, sino únicamente de ti.
El espíritu del
águila está siempre a tu lado, viaja con el viento.
Y cuando Theo
parpadeó, el hombre de cabellos blancos había desaparecido.
De una extraña manera, su cuerpo pareció
desbloquearse y el mundo volvió a girar a su alrededor, generando un ruidoso
remolino en el espacio-tiempo en que se encontraba de nuevo.