domingo, 29 de diciembre de 2013

Theo y el trigo


Las espigas de trigo bailaban con el viento frente a un cielo azul cobalto durante la madrugada.
La vieja casa se encontraba en silencio y todos sus habitantes dormían.
Theo caminaba con un vaso de whisky en una mano y un cigarrillo en la otra entre las espigas. Y miraba al horizonte.
Su piel, castigada por el tiempo y el trabajo se estremecía del frío.
-Qué me está sucediendo? -Murmuró en un susurro.
Un animal despertaba dentro de él. La furia que hacía unos minutos consumía sus entrañas empezaba a convertirse en fuerza.
Cerró los ojos y disfrutó de la maravillosa sensación que invadía su cuerpo. Apagó el cigarrillo en el whiskey y dejó caer el baso al suelo.
Caminó hasta su caballo y se subió el animal de un ágil salto. Le golpeó ligeramente los costados con el talón de sus botas y el animal empezó a correr. El blanco caballo se unió al viento para luchar contra él, creando una unión perfecta entre dos fuerzas opuestas. Theo a su vez unió su cuerpo al del animal, convirtiéndose en presencia pura.
El animal empezó a correr sobre la arena, salpicando agua bajo su robusto cuerpo.
La furia de los buitres resonaba en el cielo como el trueno que lo rompe en dos.
Una vez llegó a la velocidad máxima que podía alcanzar, el caballo fue relajando el paso sin dejar de galopar a gran velocidad. Su paso era limpio y firme, seguro del terreno en el que pisaba.
Poco a poco se fueron acercando al final del camino. Theo se bajó del lomo del animal y caminó hacia el borde, observando el paisaje que se presentaba ante él.
Un empinado precipicio de unos cincuenta metros separaba la tierra y el mar. Este golpeaba con furia las rocas que rompían frente al precipicio. La espuma que formaba el agua parecía bailar entre las rocas.
Theo se deshizo de su camiseta de manga corta tirándola a un lado, quedando cubierto solo por una camiseta blanca de tirantes y el pantalón color desierto. Se quitó los zapatos y los calcetines y los dejó a un lado. Se acercó más al borde y abrió los brazos y los elevó rectos hasta encima de su cabeza. Respirando el aire salado y disfrutando la sensación en sus pulmones.
Movió los dedos de los pies para recobrar el contacto con la tierra húmeda. Flexionó las piernas y pronunciando en un susurro las palabras "Agnus Dei", se impulso y se lanzó al vacío sintiendo como su cuerpo cortaba el aire y pocos instantes después se adentraba en el agua que ejercía en él el efecto de mil agujas clavándose en su piel.
Las burbujas generadas al entrar en el agua impactaban violentas en su rostro. Y poco a poco, el efecto de gravedad suspendida del agua hizo que subiera a la superficie. Cogió una gran bocanada de aire y empezó a nadar con fuerza, con rivalidad consigo mismo, encontrándose así con su propia mente, un lugar oscuro al que evitaba acudir.
Movía un brazo después del otro por encima de su cabeza, uniéndose al mar en cuerpo y alma. Uniéndose al enemigo en espíritu.
Nadó hasta la orilla y salió del agua sintiendo el templado viento en su cuerpo húmedo. El blanco caballo lo esperaba en la orilla, observándolo expectante. Theo se encaramó al caballo y empezó a trotar se vuelta a casa, sin mirar atrás.
...
Al día siguiente, el cielo brillaba en un claro y cálido azul. 
Theo se despertó con el canto del gallo, se puso su ropa de trabajo (Un pantalón de pana, unas botas de montaña y un sombrero de paja) y después de comerse una manzana verde para desayunar se subió al carro tirado por dos majestuosos caballos y emprendió el viaje que formaba parte de su rutina diaria.
Cuando llegó al pueblo, el ruido del gentío le dio la bienvenida como cada mañana. Theo iba al lugar para comprar leche e intercambiar los alimentos que sus animales producían.
Estacionó el viejo carro cerca de la calle principal y entró en una panadería en la que pensaba tomar un café y un bollo.
Cuando bajó del carro, un hombre de largos cabellos blancos. nariz ancha y tez morena (Algo inusual en la zona) se encontraba de pie frente a su carro, mirándolo con calma. Nada se podía leer en la mirada de ese hombre.
-Disculpe, tengo prisa.-Le dijo Theo intentando seguir su camino pero cuando se giró, el hombre volvía a estar frente a él.
El largo cabello del hombre se movía al viento pero Theo observó que no había ninguna corriente de aire cerca.
-Ya te has encontrado, hijo?
-A qué se refiere?
-El gran espíritu te observa. Debes hablar con él.
Theo se sentía hipnotizado. Quería responderle o más bien preguntarle pero su cuerpo parecía estar paralizado.
-La fuerza del águila vive en tu interior, pero debes alzar el vuelo y no permitir que los buitres se acerquen. Serán violentos y es demasiado pronto para que puedas escapar.
Hijo... Debes apagar la voz del que vive en tu cabeza. Tu vida depende de ello.
Las palabras salieron por la boca de Theo sin que él pudiera detenerlas.
-No sé cómo hacerlo. Cuando sucede, siento como la oscuridad invade mi cuerpo y no puedo hacer nada por detenerla... Se desliza liberándose del inconsciente hasta que se instala en mi consciente y ahí todo acaba.
El hombre lo miró con ojos compasivos.
-Si sigues uniendo tu furia a la del mar, el día menos esperado te llevará y morirás.
-Y qué se supone que debo hacer? Dejar que la desgracia se apodere de mi?-Theo se vio arrastrado por sus palabras.
-Hijo, las cosas parecen complicadas cuando no las comprendemos. Pero cuando nos acercamos a ellas y las entendemos, todo se torna más claro y las soluciones y las posibilidades aparecen ante nuestros ojos. No verás, si no estás preparado para ver. Y estar preparado no depende del gran espíritu, sino únicamente de ti.
El espíritu del águila está siempre a tu lado, viaja con el viento.
Y cuando Theo parpadeó, el hombre de cabellos blancos había desaparecido.
De una extraña manera, su cuerpo pareció desbloquearse y el mundo volvió a girar a su alrededor, generando un ruidoso remolino en el espacio-tiempo en que se encontraba de nuevo.