miércoles, 8 de enero de 2014

El Mago, el musgo y otras señales


Las ásperas manos del anciano se arrugaron una vez más. Se inclinó sobre la estantería y sacó uno de los libros más antiguos que poseía; El lomo y las cubiertas de piel contenían entramados dibujos y símbolos que fueron creados en un tiempo muy lejano.
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La hormiga atravesaba el pasillo dirigiéndose a la pared cuando el muchacho de largos cabellos color miel y piel pecosa pasó por encima de ella sin pisarla y se acercó al anciano que se apoyaba sobre un bastón.

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-La sabiduría que contienen estas páginas es el resultado del conocimiento de tus ancestros, que fueron olvidados ya hace mucho tiempo.

-¿Volverán cuando su palabra sea utilizada?-Preguntó el chico, fascinado por la cubierta del libro.

-Sí, y tú deberás utilizar el conocimiento que ellos te otorgaron para cumplir con tu misión.

-¿Cómo voy a hacerlo si ni siquiera conozco mi propósito en esta nueva vida?-Dijo con inquietud el chico, que ahora se asemejaba a una hoja a punto de caer de la rama que la sostenía.

El anciano entrecerró sus viejos ojos color musgo y le entregó el libro al muchacho.

-Hay energías muy poderosas que consiguieron ocultar la magia de nuestro mundo y lo condenaron así a una evolución oscura y destructora. Tus ancestros lucharon contra esas fuerzas que finalmente, acabaron con sus vidas y los desterraron. Pero no se fueron sin antes prometer que volverían.
Y ha llegado el momento de que retomes la lucha que quedó sin terminar hace tantos miles de años. Una guerra que aún sigue su curso en otros planos dimensionales donde el pasado sucede al mismo tiempo que el futuro. Ahora toma el libro y bebe de la fuente de sabiduría que vive en tu interior.

El muchacho, inclinó la cabeza en señal de respeto y salió de la casa haciendo uso de la brújula temporal que colgaba a su cuello.


El joven había viajado durante cientos de años por mar y tierra. Había cruzado montañas rocosas y secos y áridos desiertos que golpearon su cuerpo y afianzaron su conocimiento sobre el mundo. Pero aún le quedaba un terreno por explorar, una última prueba.

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La hormiga viajaba por las piedras que bordeaban el río del bosque. Siempre diminuta en su tamaño pero no en su grandeza.
Había encontrado un grano de trigo que posiblemente algún viajero había dejado caer y se disponía ahora a llevarlo a su hogar.

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-Pienso en mi hogar…-Dijo el muchacho en un susurro casi imperceptible-¡Oh Dios del Sol, ayúdame a entender este camino! Comprendo mi misión pero no es suficiente para alcanzar mi destino. Me siento tan perdido que solo estos bosques me ofrecen la protección que necesito de mis propios pensamientos.

El joven que se encontraba sentado en una roca cubierta de musgo, se levantó y se acercó al río que se encontraba frente a él, sin saber muy bien a dónde ir pero sintiendo la fuerza superior en su interior.

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La hormiga seguía de la misma manera su instinto, el que le decía que lo correcto era llevar ese grano al hormiguero sin saber muy bien por qué razón debía hacerlo. Y es que ser humano significa tener dudas, ser hormiga significa caminar sin duda.

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El muchacho se inclinó sobre la orilla del río y bebió agua usando sus manos a modo de recipiente. No sabía muy bien por qué verdadera razón se había adentrado en esa maraña de vegetación silvestre pero una voz reclamaba su presencia, como si la conciencia del bosque le hablara.

Cansado y descalzo como estaba, a pesar de ser tan joven en esa nueva vida, se sentía cada vez más agotada y es que las decenas de vidas pasadas que había vivido ya empezaban a pesar sobre sus hombros.

Fue entonces cuando vio una brillante luz que se cernía directamente sobre la roca llena de musgo en la que había estado sentado hacía unos minutos. Se levantó lentamente y se acercó a la luz que se filtraba entre las nubes.

Algo se movía en ella, algo casi imperceptible. Se acercó un poco más entrecerrando los ojos y se agachó frente a la roca.

Una pequeña hormiga cargaba un grano que según calculaba el muchacho, era diez veces mas pesado que el cuerpo de la hormiga. La observó unos segundos y entonces, como si de un rayo se tratase lo golpeó. Por primera vez, después de cientos de vidas entendió algo sencillo y esencial de lo que no se había percatado antes.; No existía misterio que resolver, sino que la sabiduría que anhelaba se encontraba frente a sus ojos desde su primer nacimiento.

Miró fascinado como aquella hormiga poseedora de una inmensa sabiduría no se preguntaba de dónde provenía esta y no necesitaba buscar respuestas en su exterior. Y por primera vez, el muchacho se sintió en comunión con la conciencia que hay en todas las cosas vivas.