lunes, 26 de agosto de 2013

Los ojos de Poseidon


Por alguna razón, el chico de cabello de miel desapareció durante años cuando Poseidon vivió en sus ojos toda la vida, asustándome en las noches de marea calma, cuando las únicas luces que nos rodeaban estaban arriba.

Por alguna razón, sus ojos profundos y brillantes como la noche de agosto en la que lo conocí se tornaron oscuros y perdieron la claridad solar que los llenó durante años.

Una cálida madrugada de verano, una fuerza extraña me atrajo hacia su lugar de residencia y aunque no lo vi a él, algo más extraño sucedió.

Encontré una caja de aspecto antiguo llena de símbolos extraños, lo que parecían los entramados de un laberinto dibujado. “El laberinto de tu alma“, pensé.

Al momento, una ráfaga de aire elevó el vestido blanco de la muchacha de cabello interminable, enfriándole la piel y calentándole el espíritu que hace tanto salió volando por su boca.

Como si alguien susurrara las órdenes desde el interior de mi mente, levanto mis brazos de manera sistemática y golpeo con la palma de mi mano cerrada el círculo que se encuentra dibujado en el centro de la caja. Inmediatamente, como si fuera un cajón esta abre su parte superior dejando ver una serie de documentos con muchos números dibujados en ellos. Los saco y los examino con delicadeza.

Finalmente, encuentro algo que hacía mucho tiempo buscaba.

La muchacha cae al suelo después de volar sintiéndose pesada y libre de nuevo. La gravedad la mece en su eterno yugo perturbador.

Continúo examinando los documentos y el vacío de mi pecho parece desaparecer por unos instantes interminables: Operaciones matemáticas básicas que el chico no fue capaz de resolver durante sus años de juventud, cuando en sus ojos solo habitaban los petirrojos del bosque en el que vivían el leñador y su mujer.  

Después de este hallazgo, todo cobró sentido y mis terminaciones nerviosas empezaron a despertar del milenario letargo en el que se habían sumido en un punto de la historia.

jueves, 22 de agosto de 2013

La primera vez que te vi


Camina solo por el camino que aún se mantiene húmedo después de la lluvia. Huele a cenizas y leña mojada. Los pinos se sacuden las gotas de sus ramas en un baile mágico y encantador.
El cielo blanco marfil y el sonido de tus pies contra las pequeñas piedras que yacen silenciosas en el terreno llenan un espacio que nunca existió.
Ahí, en el lugar en el que a Newton se le cayó la manzana sobre la cabeza está él, Daniel. Rodeado por un aura invencible y un espíritu azul índigo suspira al bosque y susurra palabras de esperanza mientras yo, junto a mi hermano el sol lo observamos con delicadeza.
Las palabras de los sabios cuales druidas dueños de los espíritus retumban en su pecho. Y espera, espera a que la manzana que cambie su vida aparezca en el camino y lo salve.

miércoles, 21 de agosto de 2013

El paraíso del druida


-Antes de irme, debo preguntarte algo. Por favor, no lo juzgues con tu mente, sino piensa con tu corazón. Siente mis palabras en tu pecho y déjalas fluir en tu interior, ellas conocen el camino.

Yo fui el único animal contra el que no pude luchar. Bellos son tus hombres antes de nacer; ligeros como el viento, rápidos y astutos como gacelas. Y qué ha pasado? Qué hemos hecho de un mundo lleno de riquezas y paraísos terrenales?

La aspereza de vuestras manos, el trabajo con el que ponéis un trozo de pan sobre la mesa. Y el agua, un bien demasiado preciado que siempre es desperdiciado. Todas las pequeñas cosas que llenan los solsticios de majestuosa magia han desaparecido como el océano que retrae su presencia ante la luna.

¿Qué haremos cuando el sol ya no salga, cuando no encuentres tu camino sobre las piedras, cuando tu amor fallezca sobre las margaritas?

Vuestro gobierno solo ha construido altares de arena sobre los cuales no me inclinaré así como vuestras palabras han perdido poder y la podredumbre os oxida la entrañas tal como el herrumbre que parece haberse acumulado en vuestros ojos. Y es que el mejor esclavo es el que cree vivir siendo libre, el que depende de cosas que ni siquiera necesita para llenar el vacío que siempre existió en su pecho.