Por alguna razón, el chico de cabello de miel
desapareció durante años cuando Poseidon vivió en sus ojos toda la vida,
asustándome en las noches de marea calma, cuando las únicas luces que nos
rodeaban estaban arriba.
Por alguna razón, sus ojos profundos y brillantes
como la noche de agosto en la que lo conocí se tornaron oscuros y perdieron la
claridad solar que los llenó durante años.
Una cálida madrugada de verano, una fuerza
extraña me atrajo hacia su lugar de residencia y aunque no lo vi a él, algo más
extraño sucedió.
Encontré una caja de aspecto antiguo llena de
símbolos extraños, lo que parecían los entramados de un laberinto dibujado. “El
laberinto de tu alma“, pensé.
Al momento, una
ráfaga de aire elevó el vestido blanco de la muchacha de cabello interminable,
enfriándole la piel y calentándole el espíritu que hace tanto salió volando por
su boca.
Como si alguien susurrara las órdenes desde
el interior de mi mente, levanto mis brazos de manera sistemática y golpeo con
la palma de mi mano cerrada el círculo que se encuentra dibujado en el centro
de la caja. Inmediatamente, como si fuera un cajón esta abre su parte superior
dejando ver una serie de documentos con muchos números dibujados en ellos. Los
saco y los examino con delicadeza.
Finalmente, encuentro algo que hacía mucho
tiempo buscaba.
La muchacha cae al
suelo después de volar sintiéndose pesada y libre de nuevo. La gravedad la mece
en su eterno yugo perturbador.
Continúo examinando los documentos y el vacío
de mi pecho parece desaparecer por unos instantes interminables: Operaciones
matemáticas básicas que el chico no fue capaz de resolver durante sus años de
juventud, cuando en sus ojos solo habitaban los petirrojos del bosque en el que
vivían el leñador y su mujer.
Después de este hallazgo, todo cobró sentido
y mis terminaciones nerviosas empezaron a despertar del milenario letargo en el
que se habían sumido en un punto de la historia.