La
horca se encuentra en tu corazón. Sus ojos color miel caen tristes en su
rostro.
Se acerca caminando sobre el viejo suelo de madera que cruje a cada
paso, con un vaso de whiskey en la mano y un cigarrillo encendido en el otro.
Se sienta a mi lado en la escalera. Mira al frente hacia el horizonte de
neblinosos bosques que separa el cielo de la tierra, el infierno.
Todos
nuestros pecados han sido venerados en el altar de los escépticos.
Su
camisa de manga corta blanca y el pantalón color camello sujeto por tirantes
huelen a cenizas ancestrales. Se echa el pelo hacia atrás y desocupa sus manos
en el suelo.
Me
mira y pongo mis manos sobre su rostro; su piel áspera y la corta barba que
llega a ensombrecer su piel. Él pone sus grandes y delgadas manos sobre mi
rostro y fija sus ojos color miel en los míos sin atisbo de esperanza.
Inspiro
suavemente su olor que se impregna en cada rincón de mi cuerpo. Cálido y áspero
abre sus labios y yo abro mi boca e inhalo sus ser en mi interior. Inclinamos
más nuestros rostros y los acercamos abriendo más sus orificios.
Él
empuja levemente mi rostro hacia un lado y soplando y respirando de manera
desgarradora y quejumbrosa se levanta y camina hacia el río a paso ligero como
si loa demonios lo invocaran.
Camino
hacia la orilla con las faldas al viento. Él empieza a adentrarse en el agua y
me espera con el agua a media cintura. Me adentro en las frías aguas junto a él
y me detengo firme a su lado. Él se gira y me mira de frente.
Caminamos
juntos hasta que el agua nos llega bajo el pecho. Los peces curiosos no
entienden nuestra presencia y miran expectantes mientras las piedras del fondo,
cubren un suave lecho.
Empujo
con mi mano su cabeza hacia el interior del rio y su viejo dulce rostro se
adentra en él. Luchan do con sus brazos para apoyarse en mi cuerpo, consigue
sostenerse apoyando sus manos en mi pierna.
-En
nombre del padre, del hijo...
Empiezo a recitar.
-Del
espíritu santo...
Sus
brazos pierden fuerza a cada segundo que pasa pero no se detiene.
-Tus
pecados sean perdonados y tu alma sea invocada al reino de los cielos.
Al
terminar mis palabras, Theo dejó de luchar para reunirse con las calmas aguas
del alma del río.
Su cuerpo sube
a la superficie y puedo observar sus tristes ojos color miel mirarme una vez
más antes de devolverle al agua lo que hace tanto tiempo nos dio.