domingo, 3 de noviembre de 2013

Lo que el agua nos dio

La horca se encuentra en tu corazón. Sus ojos color miel caen tristes en su rostro. 
Se acerca caminando sobre el viejo suelo de madera que cruje a cada paso, con un vaso de whiskey en la mano y un cigarrillo encendido en el otro. Se sienta a mi lado en la escalera. Mira al frente hacia el horizonte de neblinosos bosques que separa el cielo de la tierra, el infierno.

Todos nuestros pecados han sido venerados en el altar de los escépticos.
Su camisa de manga corta blanca y el pantalón color camello sujeto por tirantes huelen a cenizas ancestrales. Se echa el pelo hacia atrás y desocupa sus manos en el suelo.

Me mira y pongo mis manos sobre su rostro; su piel áspera y la corta barba que llega a ensombrecer su piel. Él pone sus grandes y delgadas manos sobre mi rostro y fija sus ojos color miel en los míos sin atisbo de esperanza.

Inspiro suavemente su olor que se impregna en cada rincón de mi cuerpo. Cálido y áspero abre sus labios y yo abro mi boca e inhalo sus ser en mi interior. Inclinamos más nuestros rostros y los acercamos abriendo más sus orificios.

Él empuja levemente mi rostro hacia un lado y soplando y respirando de manera desgarradora y quejumbrosa se levanta y camina hacia el río a paso ligero como si loa demonios lo invocaran.

Camino hacia la orilla con las faldas al viento. Él empieza a adentrarse en el agua y me espera con el agua a media cintura. Me adentro en las frías aguas junto a él y me detengo firme a su lado. Él se gira y me mira de frente.

Caminamos juntos hasta que el agua nos llega bajo el pecho. Los peces curiosos no entienden nuestra presencia y miran expectantes mientras las piedras del fondo, cubren un suave lecho.
Empujo con mi mano su cabeza hacia el interior del rio y su viejo dulce rostro se adentra en él. Luchan do con sus brazos para apoyarse en mi cuerpo, consigue sostenerse apoyando sus manos en mi pierna.

-En nombre del padre, del hijo...
Empiezo a recitar.
-Del espíritu santo...
Sus brazos pierden fuerza a cada segundo que pasa pero no se detiene.
-Tus pecados sean perdonados y tu alma sea invocada al reino de los cielos.

Al terminar mis palabras, Theo dejó de luchar para reunirse con las calmas aguas del alma del río.

Su cuerpo sube a la superficie y puedo observar sus tristes ojos color miel mirarme una vez más antes de devolverle al agua lo que hace tanto tiempo nos dio.